







Hay momentos en la vida en los que sentimos que el camino que hemos construido deja de sentirse nuestro.
Después de más de diez años trabajando como Ingeniera Industrial en distintas empresas de las industrias automotriz, logística y de consumo masivo, comencé a cuestionarme si el éxito profesional era suficiente para sentirme en paz.
En 2020, después de vivir una fuerte crisis de pánico tras la pandemia, comprendí que necesitaba hacer un cambio profundo. En febrero de 2021 tomé una de las decisiones más importantes de mi vida, con mucho miedo: renunciar a una carrera de casi una década, sin tener claro cuál sería el siguiente paso.
No estaba buscando una nueva profesión.
Estaba buscando volver a encontrarme.
En septiembre de 2021 llegó una formación en cuencos tibetanos. Me inscribí con una intención muy distinta a la que muchas personas imaginan hoy.
No quería convertirme en Sound Healer.
Quería aprender una herramienta que pudiera acompañarme toda la vida.
Durante la pandemia, el espacio donde recibía terapia de sonido cerró temporalmente y me di cuenta de lo vulnerable que era depender de un lugar para acceder a una práctica que tanto bienestar me brindaba.
Pensé:
“Si algún día vuelve a ocurrir algo similar, quiero poder crear ese espacio para mí.”
Así comenzó todo.
Primero practicando para mí.
Después con mi familia.
Más tarde con algunos amigos.
Y, sin darme cuenta, el sonido comenzó a abrir un camino completamente nuevo.
Lo que inició como una práctica personal terminó convirtiéndose en Una Alma.
Y todavía hoy sigo creyendo que la práctica más importante ocurre en el silencio, cuando vuelvo a sentarme frente a mis instrumentos, y recuerdo por qué y para qué empecé.


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