En 2021 lo que comenzó como una práctica personal, poco a poco empezó a encontrar nuevos caminos.

Después de varios meses practicando con mis cuencos tibetanos, algunas personas cercanas comenzaron a preguntarme si podía compartir esa experiencia con ellas.

Primero fueron encuentros uno a uno.

Después pequeñas sesiones grupales.

Más tarde llegaron las primeras ceremonias y reuniones donde el sonido comenzó a convertirse en un espacio para conectar, respirar y compartir.

Nunca fue parte de un plan.

Simplemente empecé a decir que sí a las oportunidades que la vida iba poniendo frente a mí.

Al mismo tiempo, comencé a compartir este proceso en mis redes sociales. Sin imaginarlo, esas publicaciones llegaron a personas que conocían mi historia y que, poco a poco, comenzaron a abrir nuevas puertas.

Una de ellas fue una querida amiga que me invitó a Cancún para acompañar una ceremonia de inicio de año 2022.

Acepté sin saber que ese viaje cambiaría por completo el rumbo de mi vida.

Lo que parecía ser una experiencia de unos días terminó convirtiéndose en el inicio de una nueva etapa.

Una etapa en la que el sonido dejó de ser únicamente una práctica personal para convertirse, poco a poco, en un proyecto de vida.

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